Dios no nos da las cosas por nuestros propios esfuerzos, ya sea por colaborar en trabajos y ayudas económicas u otros menesteres, pero sí da al que le agrada dándole ciencia, gracia y amor, para que pueda convivir en esta sociedad aventajando al hombre impío. Dios da al impío (incrédulo) el trabajo de amontonar riquezas para dárselas al que cree y agrada a Dios. (Eclesiastés, capítulo 2, verso 26).

Dios no prospera de inmediato a los que ama, suele pasar tiempo para ello. Sí que lo hace a lo largo de los años y es progresivamente. Lo hemos visto y lo vemos en personas que viniendo de la nada son prosperaras por el Señor, son gente sin medios económicos y de poca cultura, pero nos muestran con el tiempo un cambio progresivo tanto en lo social como en lo espiritual. “El don de la gracia de Dios está con estos creyentes por ser de su complacencia que es agrado”.

El pozo de Jacob simboliza  la salvación que nos ofrece el Padre por medio del Hijo. Cuando Jesús se sentó en el pozo se acercó una mujer de Samaria y ahí empezó el tema que  podemos ver en “San Juan, capítulo 4.” Jesús le ofrece a la mujer agua muy distinta a la que tiene el pozo, le está ofreciendo el agua viva de su naturaleza y a nosotros nos da a entender que
“Él es el pozo” siendo el pozo de la salvación. Bebiendo de su agua no tendremos más sed del agua de este mundo que  es la que incita el deseo de beber más y más porque no hallamos la paz en nuestra alma.

La mujer quedó  turbada por las palabras de Jesús pues no lo acababa de  entender por ser espirituales, pero como Él le reveló quién era ella en su comportamiento y forma de vivir, entonces aceptó  beber del pozo de agua viva que es beber del mismo Jesús. La mujer por su naturaleza de ser samaritana y lo que era, no se merecía el trato que le ofreció Jesús pero Él estaba en el pozo de Jacob y antes dijo: “me es necesario pasar por Samaria” y el Padre le trae a la mujer. Vemos que todo el acontecimiento estaba guiado por Dios nuestro Padre y Jesús nos dice: toda planta que el Padre no me envía no es mía, pero toda planta que el Padre me envía es mía.

La mujer como planta o flor era poco vistosa, más bien para arrancarla o quemarla, pero se transformó al aceptar el agua del pozo de Jesús, transformándose en una bonita planta de muy alto valor cumpliéndose la palabra: que la salvación hermosea nuestro rostro.
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